Capítulo 8. "Mi Loft en la Ciudad"
El evento terminó después de que las nominadas se abrazaran, Ana diera un discurso en agradecimiento ahogada en lágrimas y Belinda interpretara por última vez en la noche su tema "Angel", que no le había oído desde que tenía como veinitres años. Durante todo ese tiempo, mi mirada estuvo fija en Fania; sonreía y bailaba, pero en sus ojos podía ver que en verdad estaba frustrada y que estaba haciendo un gran esfuerzo por no salir corriendo. Alberto aplaudía y hacia señas de victoria, como si su novia hubiera ganado, no parecía importarle que a Fania le temblaban las rodillas de humillación, simplemente aplaudía, chiflaba y se pavoneaba con la audiencia.
Saliendo del auditorio fuimos invitados a pasar a la "After Party" que se iba a dar lugar en un Lounge improvisado en la jardín del Museo. Apenas salí perdí por completo de vista a Pepto, a Alberto y, claramente, a Fania. Comencé a caminar entre la gente buscando alguna cara amigable, pero sinceramente todo lo que podía encontrar eran rostros fríos y miradas arrogantes.
A mi lado, charolas y charolas de sushi "Daruma" pasaban, todo se veía delicioso y me dije a mí mismo: "Si no vas a platicar, al menos traga". Me dediqué un buen rato de la noche a perseguir a un mesero, robándole todo lo que encontraba en su charola: sushis de salmón con queso empanizado, rollos de queso filadelfia y pollo y kushiagues de todos los sabores imaginables, por un momento me sentí en el zen japonés de la gula.
Con la panza llena y el corazón contentísimo me fui a sentar a un pequeño taburete rojo que encontré en una esquina, había decidido no beber nada esa noche, porque: una, tenía que manejar y dos, cuando bebo lloro y lo menos que quería hacer era mostrarme como el Malacopa del Tamayo. Me recargué sobre mi espalda pensando en lo mucho que había hecho en el día, en cómo en unas horas mi vida parecía haber cambiado radicalmente. No sabía qué pensar, no sabía si así iba a ser por mucho tiempo o si el gusto me iba durar sólo hasta el siguiente día. Cuando volví a sentarme derecho, la gente se había abierto un poco y logré ubicar a Alberto del Toro cómodamente sentado en un sillón blanco frente a mí abrazando con toda amabilidad a Ana de la Reguera. "No pienses mal", pensé "seguro son amigos."
Me levanté se mi banco y comencé a caminar hacia ellos, me repetía a mí mismo "De estar solo, a estar con una cara semi conocida, pues vamos con ellos." Justo cuando estaba a menos de tres metros de ellos, Alberto se reclinó sobre Ana y le plantó un beso en la boca; ella parecía incómoda, pero antes de que pudiera quitarlo apareció Fania de entre la gente y le soltó su bebida en la cara. Me quedé paralizado, no sabía si moverme, si respirar, si gritar o si tomar una foto. Volteé a mi alrededor y noté que todos los demás parecían estar en la misma posición, nadie hacía un sólo sonido. Se podía escuchar perfectamente como la cara y la camisa de Alberto goteaban del vino que les acababan de echar y de pronto un grito interrumpió el silencio; Fania que durante unos segundos se había quedado pasmada con la copa vacía en sus manos, finalmente gritó,
- ¡Eres un imbécil!
Se quitó los Manolo´s de sus pies y justo cuando creí que iba a arrojárselos, los tomó en sus brazos y comenzó a correr llorando hacia la salida del Museo. "¡Madre mía!", pensé, pero para cuando mi cerebro reaccionó, mis piernas ya habían comenzado el movimiento. Me encontraba a toda velocidad corriendo entre la gente persiguiendo a la silueta blanca que cada vez se veía más lejana.
- ¡Fania!, ¡espérate! -grité.
Finalmente llegué a la banqueta casi esquina con Reforma y me econtré con Fania sentada en el pavimento con las manos en la cara. Sin saber cómo reaccionar, me senté a un lado de ella, sin decir una palabra. La veía sollozar, sus hombros se levantaban sin cesar y alcanzaba a escuchar como de vez en cuando pasaba su mano por sus ojos para limpiarse e maquillaje corrido.
- ¿Vives cerca? - preguntó de pronto.
Me sobresalté por la pregunta, no esperaba que saliera una sola palabra de su boca y aceptémoslo si en algún momento me imaginé que iba a hablar definitivamente no me imaginé que me iba a preguntar sobre mi hogar.
- Algo. - contesté, esperando a que levantara la cara. - ¿Estás bien?
Finalmente levantó su cara, echándose aire en los ojos con las manos y volteó a verme sonriente, al menos fingiendo que sonreía.
- Me iba a ir a quedar unos días a casa de Alberto y ahora no tengo dónde quedarme - "¿En un hotel?", pensé, pero no le dije nada, sólo asentí con mi cabeza. - No me quiero quedar sola hoy.
¿Estaba pasando lo que yo creía que estaba pasando o el sushi me había hecho daño y comezaba a alucinar cosas? Desde donde yo veía las cosas, la mujer más hermosa de México me estaba pidiendo quedarse en mi casa por una noche porque necesitaba mi compañía. En ese momento me pegó, "¿Mi casa?" ¡Díos mío, yo que vivo con mis padres amargados y mi hermana cuchillito de palo o podía llevar a Fania ahí! Además mi cama es individual, mi cuarto parece chiquero de marrano y ni siquiera se le pueden poner seguro a las puertas.
- ¿Me puedo quedar contigo?, sólo por hoy, te lo juro - preguntó de la manera más tierna.
- Claro - mentí - vivo aquí en Tecamachalco en un loft que comparto con mi roomate.
- ¿Y él no va a tener problemas?
- Pff, no para nada, él encantado - en ese momento en todo lo que podía pensar era. ¿Cómo diablos le voy a explicar a Pepto que me había hecho pasar por su roomate y que ahora Fania y yo necesitabamos posada en su casa? - Es más, anda por aquí, deja lo busco y le digo. No te muevas.
Me levanté y salí disparado hacia el Museo con el Motoroker en las manos, toda la noche había estado llamándole a Pepto para ver dónde se había metido y no contestaba, pero dada la urgencia decidí volverlo a intentar. Sonó, sonó y sonó y para variar no hubo respuesta alguna. Comencé a caminar entre la gente que parecían ya haber olvidado el escándalo reciente y ahora se preocupaban por observar a Alberto y Ana besarse en el sillón, casi como película de Julia Roberts. Me asqueó la escena, pero justo cuando estaba por darme la media vuelta y comenzar a buscar en otro lado, ubiqué a Pepto en una esquina detrás del sillón, en pleno faje con uno de los edecanes del evento. Corrí hacia él sin pensarlo y lo jalé del hombro.
- Ay no me chingues, ¿qué no ves que estoy ocupado? - exclamó enojado.
- Amigo, es ahora o nunca. Se te ha presentado la oportunidad de probar que eres el mejor de amigo del mundo, ¿la tomas o la dejas?
- La dejo - contestó - y volvió a voltear con su edecán.
Con toda la prisa del mundo, me metí en medio de ellos, casi siendo besado por detrás y por delante-
- Compermiso - le dije al galán que se notaba claramente molesto y volví con Pepto - necesito que me dejes un cuarto de tu depa por hoy, te juro que es urgente.
- Ni madres, mi rey, quítate.
Pepto comenzó a jalonearme, pero finalmente pude asirlo de la camisa y empujarlo lejos del edecán donde podíamos hablar con más calma.
- Pepto, neta, te necesito como nunca.
- Me halagas, papacita, pero ya este wey prendió el boiler y ahora me urge que se meta a bañar - contesó de la manera más mamona.
- Ew, no quiero saber - le dije - acabo de ofrecerla a Fania mi loft en la ciudad, que no tengo, así que mi única alternativa es hacerle creer que tu departamento, también es mi departamento y que ahí vivimos felices como los tres cochinitos, dos en este caso.
- ¿Y por qué le fuiste a decir eso?
- Me puse nervioso - respondí - Di que sí, piensa que vas a tener una celebridad en tu casa.
Había dicho las palabras mágicas, en ese momento, Pepto agarró su smokin, se despidió del edecán de mano, como si no le hubiera conocido, ya, todo lo demás y comenzó a empujarme.
- ¡Ándale, ya vámonos!
continuará...