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Capítulo 11. "El Escape"
Con la mirada temblorosa, no sé si de susto o de alegría, Pepto entró al cuarto interrumpiendo el momento perfecto en que finalmente Fania y yo íbamos a tener algún tipo de contacto físico. Por un momento pensé en golpearlo, mandarlo matar con la mafia gay o simplemente destruir sus sandalias Hermenegildo Zegna y obligarlo a él a mirar mientras lo hacía. Pero lo siguiente que salió de su boca fue suficiente para que todo mi odio hacia él se volcara en agradecimiento y una vez, como en los últimos días, el cien por ciento de mis pensamientos se dedicarán a pensar en cómo iba a salir de esta?
- ¡Tienen la casa rodeada!, hay más paparazzis que si Britney hubiera tenido otro hijo. -gritó Pepto tapándose la boca con las manos.
Insisto hasta el día de hoy, no estoy seguro de que a Pepto le preocupara tener su departamento en E! Entertainment Television o le emocionara a un grado que quería ocultarlo, pero dado sus bajos niveles de talento para la actuación prefería taparse la cara en un mal intento de esconder una sonrisa.
Como si la persiguiera el demonio, o en este caso las revistas de chismes y el Golden Gossip, Fania me soltó y corrió hacia la ventana. Jaló levemente las cortinas y tal cual lo había descrito Pepto nos encontramos ante el espectáculo de paparazzis más grande desde la muerte de Lady Di. En cualquier caso hombres y mujeres cargando cámaras, micrófonos y videocámaras se abalanzaban sobre la puerta de entrada del edificio, mientras hacían lo posible por tomar fotos de todas las ventanas; claramente sabían que estábamos allí, pero no sabían en cuál de todos los departamentos, los cual nos daba una leve ventaja.
- Hay alguna otra salida del edificio? - preguntó Fania visiblemente preocupada.
- Abajo, cerca del cuarto del conserje hay una entrada para los de mantenimiento - contestó Pepto presuroso.
Sin pensarlo dos veces, Fania tomó su vestido de la cama y usando los pants ADIDAS ajenos se volcó sobre la puerta de salida. Sin saber cómo reaccionar Pepto y yo comenzamos a seguirla.
Bajamos una a una las escaleras del edificio y mientras lo hacíamos íbamos escuchando con más claridad los gritos de la bulla en la banqueta, aparentemente se dirigían al conserje en la entrada, pues las preguntas que se llegaban a escuchar eran del tipo de:
- ¿Vio entrar a Fania con su amante al edificio?
- ¿Es cierto que en uno de estos departamentos vive una estrella de Hollywood?
- ¿Iba Fania destrozada al pasar por estas puertas o por el contrario su comportamiento era la de una mujer enamorada?
Tristemente para ellos, el conserje de la noche anterior que nos había visto entrar al edificio había acabado su turno a las siete de la mañana y probablemente para estas horas dormía plácidamente en su casa.
Al llegar a la planta baja, alcanzamos a ver a través del cristal translúcido de la puerta de entrada sombras que se movían de un lado a otro tratando de hayar la manera de entrar. Pepto dio una vuelta detrás de mostrador de entrada y quitando unas cajas de cerveza vacías descubrió lo que parecía una pequeña puerta de metal en color verde.
- ¿Ahí cabe un ser humano? - pregunté alarmado al ver el tamaño de la puerta.
- A uno gordo como tú le va a costar trabajo. - contestói Pepto mientras abría la puertecilla que mostraba una salida al exterior - Del otro lado está mi coche, tómenlo, me lo regresan luego.
- ¿Por qué siento que estamos escapando de la Mafia? - pregunté cínicamente, para ese punto comenzaba a parecerme demasiado exagerado estar huyendo de periodistas como si fueran la plaga.
Fania me miró dececpionada y con toda tranquilidad me explicó, aunque claramente podía ver que contaba los segundos para salir del edificio:
- Los paparazzis son como cucarachas dejas entrar a uno en tu vida y cuando menos te lo esperas ya se reproducieron y se están comiendo todo a su paso. No voy a permitir que hagan una millonada de mi vida privada y mucho menos voy a dejar que comiencen a indagar y a inventar chismes de actos que no he cometido. Créeme estamos mejor lejos de ellos, en cuanto tu nombre se empiece a conocer, puedes irte despidiendo de tener íntimidad.
Con sus últimas palabras Fania me convenció por completo, le di una patada a la puertecilla verde para que Fania pudiera entrar sin lastimarse y me agaché para descubrir por la bocanada que el coche de Pepto estaba completamente rodeado por camionetas de distintas televisoras.
-¡No vamos a poder llegar hasta tu coche, está demasiado lejos!
Como héroe de película, Pepto nos aventó dentro de la portezuela y gritando:
- ¡váyanse!
Desapareció de nuestra vista corriendo hacia la puerta de la entrada. Para cuando me di cuenta de lo que iba a hacer ya era demasiado tarde para detenerlo. Sabía que íbamos a tener una sola oportunidad, de modo que tomé a Fania de la mano y la jalé para que juntos cruzaramos el portal hacia el estacionamiento.
Apenas asomamos una oreja nos dimos que cuenta que fuera el bullicio comenzaba a exitarse. Pepto se había parado fuera del edificio y con sus manos gritaba a todo pulmón:
- ¡Están en el edificio de enfrente!, ¡Los vi por la ventana de mi cuarto!
Paparazzis y periodistas se me movían hacia todos lados tratando de decidir si movilizarse al edificio de enfrente a permanecer en el que estaban. Aprovechamos el desconcierto para caminar a gatas hacia la puerta del auto de Pepto y con un leve movimiento de la llave, lo abrimos. Tratando de que los paparazzis que nos daban la espalda no se dieran cuenta Fania fue haciendo una serie de movimientos, casi artísticos, para pasar del asiento del conductor al del copiloto sin tocar nada. Por el contrario al intentar hacer yo el mismo esfuerzo, golpeé prácticamente todo en mi camino para terminar con mi pie en el claxón que no paraba de sonar.
Como zombis hambrientos, todos los periodistas voltearon la mirada hacia nosotros y al descubrir que tratábamos a de escapar, dejaron a Pepto gritando solo y se abalanzaron sobre el auto. Cerré la puerta con todas mis fuerzas y prendí el auto en automático. Pisé el acelerados sin miedo a atropellar a nadie y el coche salió rugiendo por las calles de Tecamachalco, mientras ordas de flashes de cámaras y micrófonos golpeaban contra las ventanas y el techo. Fania hacia lo posible por ahacerse chiquita en el asiento y por taparse la cara con las manos, pero yo no podía hacerlo, tenía que manejar y en ese momento me di cuenta que mi cara iba a salir en todos lados dado que no había manera de ocultarla.
Varios minutos después, al darnos cuenta que éstabamos a salvo, finalmente me atrevía a abrir la boca:
- ¿Estás bien?
- Sí no importa, no les dimos mucho material.
Seguí manejando con la vista hacia enfrente, pero en ese momento sentí que Fania se sentía avergonzada de haber sido descubierta conmigo, como si de una larba se tratara. Había entendido perfectamente que su odio a los paparazzis nacía de otro lado, pero no podía evitar pensar que tal vez, sólo tal vez...no quería ser vista conmigo.
continuará...